Mujeres.
Llenas o vacías de derechos y responsabilidades, la historia de la humanidad da cuenta de los lugares en los que han estado como engranajes de un sistema mayor y social, su equiparación al hombre cada vez es más plena y nadie niega que sea un hecho en el mundo occidental. Donde no hay acuerdo es en los sentimientos que despierta.
Pregunta de rigor: ¿qué pensar acerca de la ordenación de la mujer? Corresponde considerar los dos temas, la ordenación y la mujer.
ORDENACIÓN. El acto de ordenar requiere de quien confiere órdenes como de quien las recibe para el cumplimiento de un mandato sagrado. En el AT el llamado es claro: sacerdotes de la tribu de Leví, consagrados por medio de Moisés, para el servicio del tabernáculo y luego el templo de Jerusalén. El sistema sacerdotal esperaba en el tiempo que el símbolo desde la caída encontrase plena expresión en la redención venidera, y como la realidad local no alcanza a la espiritual, deben usarse muchas figuras para una sola realidad.
¿Dónde está Jesús en ello? Es el Cordero que derrama su sangre (Jn. 1:29) y es el sacerdote que sacrifica (Heb. 4: 14), de modo que es el que mata y la víctima a la vez (Jn. 10:18).
En el NT toda la ceremonia es cumplida, y en la muerte de Jesús "el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron" (Mateo 27: 51) innegable mensaje de que el mismo cielo terminaba con el sistema. Habiéndose cumplido el símbolo, y hasta su segunda venida, los suyos lo recordarán a través de la Santa Cena, cuando su carne y su sangre ya habrán sido partidas y derramadas.
El valor espiritual de esto ha dividido, en la historia, al catolicismo y al protestantismo. En el actual estado de cosas, el catolicismo sostiene la transubstanciación como dogma de fe, esto es que por la palabra de invocación del sacerdote, el pan y el vino se transforman esencialmente en la substancia misma de Jesús (realmente carne y sangre de Cristo) conservando los accidentes de esta realidad (colores, sabores de pan y vino). La intervención del sacerdote es operante en la consagración para que se produzca tal transformación. El valor del sacerdote es acorde a la función piramidal de autoridad del sucesor de Pedro como representante de Dios en la tierra. Un nuevo sistema sacerdotal de mediación entre Dios y los hombres.
En el protestantismo se han rechazado ambas ideas. El entender el pan y el vino como reales carne y sangre de Cristo es acusado de ser una más de las desviaciones casi mágicas a las que el catolicismo acude a veces (sobrestimando el símbolo que es como una bandera para una nación, no es "la" nación, solo la representa). También el marco general del pueblo de Dios. Ya no hay mediadores, ya no hay representantes. Hay un pueblo de iguales "... venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gál. 3: 25-28) sin autoridad humana, queda uno solo ante quien rendirse espiritualmente: "...un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Tim. 2:5). El término sacerdote es reservado a la función de Jesús y con suerte y buenos modales a los líderes religiosos se los llama pastores, aunque la reincidente pereza de los miembros tiende a poner en ellos la tarea intelectual de sentar bases y casi dictarlas.
MUJER. No se desconoce el lugar inferior que tuvo en la antigüedad en su relación con el hombre, pues aun en las más generosas consideraciones de los porqués que incluyen desde la idea de protección hasta de sagrada misión, nadie sostiene seriamente que haya estado en paridad.
El Génesis tiene una explicación: el pecado. Creados el hombre y la mujer como dos que son el uno para el otro, Eva ofrece a Adán del fruto y ambos comen. La hora de la expulsión llega, y con ella, las sentencias individuales para esta nueva realidad de pecado: La serpiente gana una batalla mas perderá la guerra, pues la descendencia de la mujer (si de ella empezó, de ella vendrá la solución) aplastará su cabeza; el hombre no estará más reconciliado con la naturaleza, esta le será hostil, y a la mujer sentencia a dar a luz con dolores (cada vida será a partir del dolor) y será sometida por el hombre (Gen. 3:16). La inferioridad de funciones es constante recordativo del pecado, del gran lío en el que metió a la humanidad, es sello del mal que siglo a siglo llevará hasta que el Redentor nazca y aplaste la cabeza del autor del mal y tenga en su mano el restituir el orden celestial de almas libres.
Jesús fue un revolucionario que no alcanzamos a vislumbrar desde la comodidad de nuestras sillas de invierno en el siglo XXI. Moviéndose en una cultura judía, de líderes religiosos poderosos en las mentes y amigos del imperio romano opresor que daba un marco legal de relaciones sociales, el Maestro tenía tal extraña libertad de movimientos que era acusado de ser amigo de las prostitutas, acusación que él no tuvo vergüenza de redimensionar (Mat. 21: 31, "en verdad os digo que los recaudadores de impuestos y las rameras entran en el reino de Dios antes que vosotros", Juan 8: 1-11 y la defensa de la mujer adúltera). Él mismo vino a romper el poder del mal en su muerte y por ello, las primicias, los primeros sabores del bien, las primeras muestras de su obra: la resurrección de algunos santos pues es autor de la vida (Mat. 27: 52, 53), y la liberación anunciada primeramente a las mujeres que caen al suelo a abrazar sus pies, esos heridos por la serpiente que termina aplastada, y lo adoran y Él les quita el temor comisionándolas a convencer a sus hermanos (Mat. 28: 9, 10).
La iglesia primitiva, llamados todos a una igualdad de trato donde no hay distingo de "varón ni mujer" (Gál. 3:28), una realidad espiritual única y elevadora sobre las jerarquizadas y caprichosas estructuras sociales, cuerpo de diferentes miembros y a la cabeza solo Dios, una realidad espiritual de sublime "libertad con que Cristo nos hizo libres" (Gál. 5:1) para elegir los múltiples caminos del bien que son bendecidos por el Padre cuando no son contrarios a su voluntad, esta iglesia revolucionaria estaba dispersa en rincones del imperio romano.
Allí es donde Pablo ofrece su mejor consejo. En la oración de Jesús que pidió "no ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal" (Jn. 17:15) se expresa la doble realidad de los suyos, aquella que el apóstol aconseja cuidar cuando sostiene la necesidad de atenerse a los cánones políticos y culturales (Rom. 13). Alguna vez, incluso, en el delicado asunto de solteros, casados, el evangelio y los tiempos que se le dedican, explica posiciones personales entre mandatos de Dios, y oscila entre un "mando, no yo, sino el Señor" para afirmar que habla a veces recordando la mismísima Palabra de Dios, y un "yo digo, no el Señor" como opinión personal que funda diciendo "pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios" haciendo de sus elucubraciones la confesión de una sana intención de pensar bien (1 Cor. 7: 10, 12, 30).
La mujer, en sus cartas respecto del desempeño en la iglesia, tiene un lugar residual al marido, donde aprende en silencio y no cuestiona al hombre (1 Tim. 2), es discreta y no va contra el orden romano, pero en la estricta realidad espiritual, en la intimidad más profunda, hombres y mujeres se someten unos a otros en figuras de amor, pertenencia y respeto sublimes (Ef. 5). Y Pablo sabe que esto no es fácil pues la mujer ya ha sido dignificada por el Maestro en la nueva bendita realidad del evangelio, y lo pide como consejero que habla de sí con expresiones como "quiero (yo)..." (vers. 8), "no permito (yo)..." (vers. 12).
Nosotros. Nosotros tenemos y somos un problema. Hombres y mujeres, torpes, malintencionados, perversos o astutos. ¡Cuánta argumentación católica en algunos lugares adventistas al hablar de la mujer en la iglesia y no reconocer en ella a un igual!, argumentos de barricadas cambiadas.
A nosotros nos cabe:
"... debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal". (Heb. 5: 12-14)
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