“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos.” (Oseas 4:6)
La íntima relación entre la redención y el conocimiento viene siendo puesta en tela de juicio y desestimada en estas décadas del cristianismo no ortodoxo. Contagiados de las corrientes efectistas en los grupos masivos, los aleluyas sonoros, el microclima de las muchedumbres, los líderes aturden a cómodos saboreadores del milagro a pedido y rápido como magia sagrada.
En el seno del adventismo —acusado de haberse vuelto (¿tal vez nacido en?) un legalismo perverso al perder de vista que la obediencia es legítima cuando es por amor a eso que se obedece porque se ha abierto el alma a la convicción del bien— se multiplican los espíritus hartos de la forma vacía, los manoseos de la ortodoxia que huele a naftalina, la falta de respuestas ciertamente apegadas al Espíritu.
Protestantismo. Las 95 tesis de Lutero en 1.517 son un hito de la historia sagrada, un debate teológico que desembocaría en la Reforma. El protestantismo nació por hartazgo moral pero hizo doctrina. Fundó sus razones. Explicó el mundo. A cada punto de fe católico respondió acordando o negando, definiendo su identidad. Trabajo arduo pues ya no había una única cabeza reconocida como autorizada a bajar línea con el peso de un “así dice Jehová”. La multiplicidad de apasionados por saber y leer trajo aparejado la disgregación y las muchas identidades grupales según el cuerpo doctrinario que definían como la verdad que entendían emerger de la Biblia. El protestantismo no es una iglesia. Es un modo de entender la relación de Dios y el hombre, la revelación, el pecado, la vida diaria.
Los muchos teólogos que amaron tanto lo que entendían que estaban dispuestos a jugarse la vida no son privilegio de un solo grupo. Y aunque los unos acusaban a los otros, en verdad juzgar los intereses personales de aquellos que abrieron caminos, asentaron verdades, y pagaron hasta con sus vidas sus convicciones es una tarea que solo Aquel que todo lo sabe se reserva, vedándonos a nosotros, mortales, inquirir las intenciones del corazón (Mt. 7:1).
Probar las palabras, la misión. "Porque el oído prueba las palabras, como el paladar gusta lo que uno come” (Job 34: 3). Escudriñar la verdad intrínseca, medir el apego a la Biblia, poner a prueba sus argumentos. Esa es la misión de aquellos que lo examinan todo para retener lo bueno (1 Tes. 5:21). Un delicado trabajo de profundidad, altura, y extensión el tejer y destejer argumentos en los que se edifica la vida.
Los compromisos de aquellos que un día levantaron sus brazos diciendo “Escrito está”, que besaron cada noche el pacto con su Dios, que regalaron sus sueños y sus fortalezas, que lloraron pérdidas por sus decisiones, que bendijeron la lluvia reparadora de Aquel que amaban, esas bondades que rinden sus ejemplos a la galería de la fe cuando dice “de los cuales el mundo no era digno” (Heb. 11: 38), esas bondades, ¿dónde están?
Los principios del merchandising de las iglesias, el exitismo comercial, los no confesados intereses expansivos de los líderes, la inteligencia interna y el sistema de controles mutuos, los pastores de iglesias ricas de miembros pobres gracias al siempre aceitado sistema de diezmos y ofrendas, y la constante desesperación humana por la conciencia de la muerte, la enfermedad, la tristeza, las frustraciones. Todo un semillero peligroso cuyo peligro se huele y verifica aquí y allá como malezas en un trigal.
¿Qué ha sido del estudio sistemático? ¿Qué ha sido de la convicción de que la salvación es el acceso al mismo entendimiento de Dios el cual se nos regala abriendo nuestros ojos? ¿Qué ha sido del amor por el saber?
Mucho me temo que aun con la Biblia en la mano, la mayoría ya no quiere saber. No quiere preguntar ni visitar bibliotecas. Solo píldoras concentradas de teología ajena para los ataques de hígado. Aturdidos con el "amor, amor, amor" hacen lo que la torpeza del propio corazón herido, magullado, egoísta y caprichoso quiere: pedir o hasta negociar. Haraganes gordos y borrachos. Dueños de terminología pero no de fe. Administradores de la miseria y sus argumentos. Mediocres abogados del sentimentalismo. Maestros ignorantes de manuales de usuarios. Boicoteadores de la curiosidad y la crítica que los vio nacer.
Protestantes, adventistas: Qué lejos del amor a la verdad. ¡Cómo se ha traicionado el primer amor siendo indignos del nombre de vuestros padres! Cabe la sentencia aquella de "no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo" (Ap. 3: 17).
Porque la verdad es una manera de entender. Es asomarse al pensamiento de Dios, ese que ya no importa en el acaramelado sueño de la mediocridad. Porque es el corazón el motor mas el cerebro su timón, urge volver a hacer silencio, callarse la boca y aprender.
"Respondió Job a Jehová, y dijo:
Yo conozco que todo lo puedes,
Y que no hay pensamiento que se esconda de ti.
¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento?
Por tanto, yo hablaba lo que no entendía;
Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía.
Oye, te ruego, y hablaré;
Te preguntaré, y tú me enseñarás.
De oídas te había oído;
Mas ahora mis ojos te ven.
Por tanto me aborrezco,
Y me arrepiento en polvo y ceniza." (Job 42: 1-6)
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