"Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre" (Gálatas 4:22)
La esclavitud y la libertad, expresadas en las Escrituras de modo particular, nos confunden y la confusión es río revuelto donde los pescadores se llevan las mejores piezas.
La radiografía bíblica del profundo ojo de Eterno denuncia la realidad: todos nacemos esclavos, sujetos sin chances propias a las reglas de la verdad humana, a la realidad histórica de las variables individuales donde la contingencia y la necesidad juegan bajo las predecibles normas de la más compleja e inexplorada psicología.
En un acto supremo de adopción el Padre llama a ser familia a individuos. El hijo pródigo vuelve al hogar, al esclavo se le quita el yugo y se le otorga libertad.
Aquí es donde empieza la vida, no donde acaba. Y aquí es donde las religiones hacen agua. Bajo la bandera de la libertad vendida en el discurso militante, en la publicidad callejera y en estudios con catecúmenos, saben menos de ella en plenitud que antes y agonizan bajo sus propias reglas de conservación del grupo.
El hijo mayor de la parábola no recuerda que no necesita permiso para divertirse, no entiende porqué se le hace fiesta al transgresor que vuelve, porqué se le pone anillo y ropas finas al hermano que lo gastó todo y viene a buscar buena comida, porqué no se le hace pagar el derroche, porqué se le regala vida. Se le escapa la verdad de la familia y no quiere festejar (Lucas 15).
La libertad. La capacidad de elegir sin determinación externa. Los religiosos se llenan las bocas diciendo que hay que preguntarle al Altísimo los planes que tiene para cada uno. Que es bueno inquirir los caminos que Dios trazó como ideales para la vida cotidiana y recibir de Él la respuesta a si ir o venir, dormir o trabajar, ponerse de novio con alguien o esperar otra cosa, sembrar tomates o invertir en árboles.
Se equivocan.
Yerran al predicar que Dios toma las decisiones de sus hijos. Dios las observa mas no las dicta. Dios bendice la libertad que Él mismo regala llamando a sus hijos, hijos, para que olviden la mentalidad de siervos. El hijo recibe aliento susurrado a su propio espíritu de que es hijo (Romanos 8:16), confesiones privadas del Espíritu hablando a su alma reconfortándolo en la adopción, saneándolo. Puede hacer lo que quiera. Los lineamientos de Dios son amarlo a Él por sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo (Mateo 10: 27). Mientras que en el mundo plural de posibilidades se guarden esas dos cosas, todo lo demás es libertad que se derrama, el mismo derecho de tomar lo uno o lo otro a gusto, como los frutos del Edén.
"... La verdad os hará libres" (Juan 8:32). ¿Libres de qué?, preguntan los religiosos, queriendo darse pie a una respuesta sola: del pecado. Claro que libera del pecado. Del pecado pasado que asoló las vidas individuales y arruinó momentos y el destino de todos y cada uno. También del pecado actual, propio y de los otros que, llenos de avaricia e inteligente maldad, invocan al Padre como profetas de su nombre y llenan de reglas, meditaciones, y conclusiones a los más débiles. También del pecado de los líderes que manejan a las masas para el cumplimiento de sus objetivos. El que es libre, lo es de todo, no solo de algo.
Algunos curvan sus comisuras e inquieren: "¿libres para qué?": Para lo que quieras, responde Agustín de Hipona. ¿En serio? Sí, en serio, eso es libertad. Y asustados, señalan "no es lo mismo libertad que libertinaje", de modo que construyen una explicación de que la libertad es "libertad para algo" lo cual es comisión mas no libertad. Vértigo. Se siente vértigo. ¿Lanzados al mundo y poder ir a cualquier lado, de cualquier manera, así?. De nuevo, "...no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: Abba, Padre!" (Romanos 8: 15).
Los religiosos gobiernan a los débiles. Los cuidan, llevan y traen como borregos y muchos pronto caen en la tentación de sentirse pastores del redil siendo apenas ovejas viejas. Dicen traer consigo el mensaje de Dios y se promocionan como voceros de Aquel que nunca se los ordenó individualmente, sosteniendo conclusiones de sus propias mentes carnales.
Pero la libertad es esa que se huele en las acciones de sus hijos, esa extraña grandeza que despierta envidias, esa que se compara en el decir del Maestro a Nicodemo al "viento (que) sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu" (Juan 3:8), esa que parece vergonzosamente una fiesta de comilones y borrachos a los prolijos ojos del protocolo legal (Marcos 2:16, Mateo 11:19). Una vida que es fiesta de hijo, no de siervo.
Dios no regala una vida hecha. Regala la libertad para hacerla.
"...Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas" (Lucas 15: 31).
que hermoso el Don de la Libertad!! que buena descripción la tuya Roxana!! como enaltece al hombre el ser capaz de entregarse con entera libertad, pero entregarse al fin, a Dios, o al ser amado!!
ResponderEliminar