Este no es un instituto más de la ley mosaica. El Jubileo es de esos que rompen el alma y la mente. Es un misterio social, demográfico y relacional de una audacia casi aterradora: un mecanismo diseñado para que ninguna generación pudiera esclavizar permanentemente a la siguiente, para que la tierra nunca se convirtiera en un botín de unos pocos y para que la avaricia humana tuviera un límite impuesto por Dios mismo. En las colinas de Canaán, el shofar nunca llegó a sonar para muchos. La ley de la libertad fue escrita, proclamada y olvidada. Esta es la historia de una gracia rechazada… y de la única esperanza que queda.
El aire de las colinas aún no ha vibrado con el clamor del shofar, pero en el pecho de Jonatán los días caen con el peso muerto de las piedras.
Han pasado más de tres siglos desde que Josué, ante la mirada de Jehová, echó suertes para repartir la promesa. Aquel orden primigenio, donde cada porción de suelo era un pacto sagrado y un don del Cielo, se ha desvanecido bajo el limo de la codicia, trocado en un inventario de deudas, despojos y olvido.
Jonatán carga con el nombre de un padre de familia cuya negligencia se midió en números y cálculos fríos. Hoy, sus manos encallecidas cortan los sarmientos en una viña que lleva el sello de su propia tribu, pero que ya no le pertenece; es un siervo en suelo ajeno. Cada mañana, bajo un sol que no da tregua, levanta la vista hacia las laderas distantes, allí donde los olivos de sus ancestros murmuran historias de una libertad que le fue confiscada.
La penumbra no lo habita solo a él. En los valles de Efraín y en las quiebras de Judá, el lamento es un eco compartido. La aristocracia del dinero mide la existencia humana con balanzas adulteradas; calculan el sudor de un hombre restando los inviernos que faltan para el año cincuenta. Para ellos, el Jubileo —que debió ser el latido de la gracia y el gran retorno a la igualdad original— es solo una variable comercial. Cuanto más próximo está el año santo, más barato es el precio de un alma. «Pronto la tierra volverá a su dueño», susurran con desdén en los banquetes, mientras tuercen el espíritu de la ley con el artilugio de la norma escrita. Hecha la ley de Dios, los hombres consagran la trampa.
La trampa del cuadragésimo noveno. El año que nunca fue.
El año 49 de este ciclo agoniza. El decreto de la restauración universal permanece escrito en los rollos, pero el pueblo camina con los ojos vendados hacia su propio cautiverio, legitimando las cadenas mediante el frío rigor de los contratos. Es una insurrección silenciosa contra el diseño del Altísimo: acumulan heredades, confiscan el pan y despojan al huérfano, viviendo como si el cuerno de carnero jamás fuese a rasgar los cielos.
El silencio del cincuenta. A lo malo, un rey.
En estos días oscuros, donde ya nadie gobierna y cada quien hace lo que bien le parece, la desobediencia se ha vuelto costumbre. Pero el desorden engendra su propio veneno: acorralados por el caos que ellos mismos sembraron, los ancianos ya murmuran una salida aún más terrible. A lo malo que sufren, solo se les ocurre algo peor: están a punto de entregar su libertad a cambio del trono de un rey terrenal, una corona que terminará por concentrar el poder, las tierras y las cadenas en un solo hombre. Y efectivamente vendrán reyes, y oprimirán aún más.
Las instituciones se desmoronan y el laberinto de contratos y opresión parece cerrarse definitivamente sobre sus cabezas. Con ese agobio de siglos hundiéndole los hombros, Jonatán se aferra a su azadón en mitad de una viña ajena y mira hacia el horizonte polvoriento. Sus ojos, gastados por la espera, buscan las señales de aquel único capaz de romper un engranaje humano que nadie ha querido detener.
No será solo el clamor de Israel; el gemido silencioso de la creación entera se arrastra por el polvo del tiempo, aguardando al Único. Al Rey que descendió al fango para pagar con el precio de su propia sangre el derecho a reclamar lo perdido. Su corona, forjada en el sacrificio, espera el momento en que el cielo se rasgue y Su voz proclame el definitivo Año Agradable, el Jubileo eterno que no se escribirá en rollos de pergamino, sino en la restauración absoluta de la tierra. Cuando regrese, no habrá deudas pendientes ni cadenas que rompan el suelo: la creación misma volverá a casa.
El Jubileo no es una regulación religiosa más dentro de la Torá. Es un proyecto de ingeniería social audaz y casi temerario: un sistema diseñado para impedir que la codicia humana convirtiera la tierra prometida en un tablero permanente de esclavos y latifundios.
Se estructuró como un blindaje legal e institucional que protegía el patrimonio de las generaciones venideras frente a las quiebras, deudas o ambiciones de sus propios padres y hermanos.[1]
Esta ley no nació como una respuesta de emergencia ante las crisis de la monarquía, ni como la utopía tardía de algún profeta. Su promulgación fue previa a la patria misma. Fue esculpida en el núcleo del pacto sinaítico, en la aridez del desierto, mientras Israel todavía arrastraba los hábitos nómadas y la mentalidad del cautiverio egipcio.
«Y habló Jehová a Moisés en el monte de Sinaí, diciendo…» (Levítico 25:1).[2]
No se había cruzado aún el Jordán; no se había desenvainado una sola espada en la conquista. Dios entrega el Jubileo con visión soberana, como la columna vertebral de la futura ingeniería social de la nación, antes de que el primer israelita hundiera el arado en la tierra prometida. No se trataba solo de regular el culto o la piedad personal: era un diseño socio-político sin paralelos en el mundo antiguo.[3]
Su objetivo era tan claro como radical: Dios no solo había quebrado las cadenas físicas de Egipto, sino que buscaba blindar la libertad de su pueblo para que no construyeran dentro de Canaán su propio imperio de opresión. Pretendía cortar de raíz la tendencia natural hacia la concentración de la riqueza, impidiendo que la tierra prometida degenerara en un nuevo orden faraónico.[4]
Para sostener este andamiaje, el Creador introduce una premisa jurídica revolucionaria que derriba los conceptos tradicionales de propiedad:
«La tierra no se venderá para siempre, porque la tierra es mía; pues vosotros forasteros y peregrinos sois para conmigo» (Levítico 25:23).[5]
Esta declaración constituye el pivote teológico y el fundamento del derecho de propiedad en Israel. Dios se declara dueño absoluto. Las familias israelitas no eran propietarias en sentido pleno, sino beneficiarias de un usufructo sagrado. La tierra era un don en custodia, no una mercancía definitiva. Ninguna transacción humana, ninguna quiebra ni ninguna astucia legal podía anular permanentemente el orden divino.[6]
Ese diseño ideal cobró forma concreta bajo Josué. Tras la conquista, la gran distribución territorial se ejecutó mediante sorteo delante de Jehová en Silo (Josué 18:8-10).[7] Cada tribu, clan y familia recibió su porción como un acto de gracia soberana, no por mérito militar ni poder económico.
Aquel instante fundacional configuró el «tablero nuevo», el estado cero de la nación al que el Jubileo debía regresar cada cincuenta años.
El Jubileo excede con creces la noción de un mero reposo litúrgico o un paréntesis agrícola. Es el gran reset institucional de la teocracia hebrea: un mecanismo multidimensional de restauración económica, jurídica y familiar diseñado para devolver a la sociedad, cada cincuenta años, a su estado original de equidad y libertad.[8]
Su ingeniería cronológica es precisa. Se activa tras siete semanas de años, es decir, siete ciclos sabáticos completos (7 x 7 = 49 años). El año quincuagésimo se consagra como el Año del Jubileo.[9] Su proclamación oficial no se realiza en el primer día del año civil, sino el décimo día del séptimo mes —el Día de la Expiación (Yom Kippur)—, cuando el sonido del shofar recorre la tierra con un decreto imperativo:
«Y santificaréis el año cincuenta, y proclamaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo…» (Levítico 25:10).[10]
El estatuto legal del año jubilar se articula sobre cuatro pilares fundamentales:
Descanso absoluto de la tierra: Se prohíbe toda siembra, poda y cosecha organizada. Lo que el suelo produce por sí mismo se convierte en bien común para pobres, extranjeros, siervos y animales.
Restauración de la propiedad: Toda heredad que hubiera sido vendida o dada en garantía por deudas regresa automáticamente e irrenunciablemente a la familia o clan original. La tierra no podía ser objeto de venta perpetua.
Manumisión de personas: Todo israelita que se hubiera vendido como siervo por deudas recupera su libertad plena y regresa a su familia y heredad.
Tasación económica indexada: Lo que se comercializaba no era la tierra misma (que pertenecía a Dios), sino el número de cosechas restantes hasta el Jubileo. Cuanto más cerca estaba el año cincuenta, menor era el valor de la transacción. Este mecanismo impedía la especulación y la usura encubierta.[11]
Es esencial distinguir el Jubileo del Año Sabático (cada siete años). Mientras este último operaba con remisión temporal de deudas y barbecho de los campos, el Jubileo ejecutaba una reestructuración macroeconómica y social de mayor alcance: disolvía los latifundios en formación, restituía los títulos de propiedad y reconstruía la célula familiar básica.[12]
La lógica interna del instituto es profunda. No se trata de una simple medida humanitaria, sino de una declaración teológica radical: Dios es el único dueño verdadero. Al limitar la acumulación indefinida de riqueza y tierra, la Torá obligaba al pueblo a vivir en confianza radical en el Proveedor y recordaba constantemente que la posesión humana siempre es temporal y subordinada a la soberanía divina.
Mientras que en las cortes del Antiguo Cercano Oriente las amnistías económicas y las liberaciones de siervos dependían de la voluntad vertical y caprichosa del soberano, el Jubileo israelita operaba bajo una lógica jurídica diametralmente opuesta: era automático, previsible y ajeno al arbitrio del poder humano.[13]
En las civilizaciones de Mesopotamia, los monarcas promulgaban de manera intermitente edictos de gracia conocidos como andurārum (en asirio y babilónico) o mīšarum (en sumerio). Estas proclamas solían emitirse al inicio de un reinado, tras una victoria militar o en momentos de grave tensión social. Aunque podían condonar deudas, emancipar esclavos o restituir propiedades, se trataba fundamentalmente de herramientas de propaganda política y válvulas de escape temporal, siempre sujetas al humor y la conveniencia del rey.[14]
El Jubileo, en cambio, rompió radicalmente con ese modelo absolutista. No era un favor concedido por la corona, sino una institución cíclica, descentralizada y de orden divino. Cada cincuenta años, sin necesidad de decreto real, votación de ancianos ni orden ejecutiva, el shofar rasgaba el aire y la libertad se proclamaba de oficio en toda la tierra. No dependía de la empatía del gobernante de turno, sino de la fidelidad colectiva al pacto con Dios.[15]
Esta asimetría institucional resulta profunda. Los decretos mesopotámicos eran excepciones quirúrgicas; el Jubileo era un sistema universal y permanente. No se limitaba a liberar individuos, sino que atacaba la raíz estructural de la desigualdad: reintegraba la tierra a su linaje original e impedía la consolidación jurídica de los latifundios. Christopher Wright lo describió certeramente como «una bomba de relojería social programada cada medio siglo».[16]
Lo que convertía al Jubileo en un fenómeno verdaderamente exótico y perturbador para su época era su audaz desacralización del poder político y del libre mercado antiguo. Al declarar que el tiempo, el suelo y la fuerza humana pertenecían en última instancia al Creador, imponía un límite infranqueable a la acumulación indefinida. En un mundo donde los imperios tendían de forma natural a concentrar recursos en pocas manos, el Jubileo se erigía como la institución contracultural más disruptiva del Antiguo Oriente.
El contraste entre el diseño del Sinaí y la crónica histórica de la nación es absoluto. Apenas unas generaciones después de la distribución territorial ejecutada bajo Josué, el engranaje del Jubileo comenzó a triturarse bajo el peso de la realidad social.[17]
El libro de Jueces sintetiza ese desplome institucional con una frase lapidaria: «En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jueces 21:25).[18]
El “tablero nuevo” que Dios había inaugurado se torció con rapidez. Sin una estructura central que fiscalizara el cumplimiento de los ciclos sagrados, las deudas se volvieron hereditarias, las parcelas cambiaron de manos de forma definitiva y la vulnerabilidad de los clanes más débiles fue absorbida por los terratenientes locales. El período se convirtió en un bucle crónico de apostasía, opresión y liberaciones militares temporales que jamás lograban subsanar la quiebra estructural.
La llegada de la monarquía no corrigió el desvío, sino que lo profundizó. Los profetas se convirtieron en los testigos de una ley sepultada. Miqueas denunció a quienes «codician heredades, y las roban; y casas, y las toman; oprimen al hombre y a su casa, al varón y a su heredad» (Miqueas 2:2).[19] Amós condenó a la élite que «tragaba a los menesterosos» mediante balanzas adulteradas y comercio de personas (Amós 8:4-6).[20] Isaías lanzó sus ayes contra los legisladores de decretos injustos que apartaban del derecho a los desamparados (Isaías 10:1-2).[21]
La “bomba de relojería social” nunca estalló. No existe un solo registro histórico, crónica real ni relato celebrativo que documente la observancia plena de un ciclo jubilar en el Israel preexílico.[22] El shofar permaneció en silencio. La aristocracia y los monarcas optaron por la acumulación y la ingeniería contractual, convirtiendo un diseño de justicia divina en una utopía arrinconada en los rollos de la Torá.
El veredicto llegó con el exilio babilónico. Ante la negativa sistemática del pueblo a ejecutar el reseteo, Dios forzó el descanso que el egoísmo humano había negado:
«...hasta que la tierra hubo gozado de sus días de reposo; porque todo el tiempo de su asolamiento reposó, hasta que los setenta años fueron cumplidos» (2 Crónicas 36:21).[23]
La tierra guardó sus sábados y sus jubileos a través de la desolación. El exilio no fue solo castigo político: fue la ejecución forzosa del estatuto del Sinaí.
El colapso de las instituciones del Israel antiguo no logró sepultar el principio del Jubileo. Lejos de convertirse en una reliquia arqueológica de la legislación semítica, este instituto experimentó una profunda transmutación teológica que lo llevó desde su forma agraria y económica original hacia una dimensión universal y escatológica.[24]
Jesús de Nazaret lo reclamó de manera explícita y provocadora. Al inaugurar su ministerio en la sinagoga de Nazaret, tomó el rollo del profeta Isaías y proclamó:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres… para proclamar el año agradable del Señor» (Lucas 4:18-19).[25]
Con estas palabras, Jesús no solo citó la profecía; se presentó a sí mismo como su cumplimiento vivo. El Jubileo que el shofar del año cincuenta anunciaba en el plano civil y material encontraba en Él su realización definitiva: la cancelación de la deuda ontológica del pecado, la emancipación del cautiverio espiritual y la restauración plena de la relación entre Dios y el ser humano.[26]
Esta comprensión se tradujo rápidamente en la praxis de la Iglesia primitiva. Los primeros capítulos de Hechos describen comunidades donde el perdón de deudas internas, la distribución voluntaria de bienes y el cuidado radical de los pobres reflejaban el espíritu del Jubileo, aunque ya no bajo la letra literal del código sinaítico, sino bajo la nueva realidad del Reino de Dios.
Con el paso de los siglos, este legado jubilar experimentó una nueva institucionalización dentro del catolicismo. En el año 1300, Bonifacio VIII convocó el primer Año Santo, inicialmente cada cien años. La periodicidad se fue ajustando por razones pastorales: Clemente VI la redujo a cincuenta años y Pablo II la estableció definitivamente en veinticinco años a partir de 1475, norma que se mantiene hasta hoy.[27] El rito central pasó a ser la apertura de la Puerta Santa en las basílicas de Roma, símbolo del acceso a la misericordia divina y la indulgencia plenaria. Aunque este jubileo eclesiástico abandonó la restitución física de tierras, conservó el núcleo espiritual: la remisión de culpas, la conversión y la reconciliación.[28]
La Reforma Protestante del siglo XVI rechazó con fuerza esta versión institucionalizada, asociándola a los abusos del sistema de indulgencias. Sin embargo, no descartó el principio jubilar. Teólogos como Juan Calvino recuperaron su dimensión ética y profética, interpretándolo como un permanente llamado divino contra la opresión económica, la acumulación desmedida y la indiferencia hacia los pobres.[29]
Así, a través de caminos diversos, el cristianismo ha preservado el Jubileo no como una norma civil obsoleta, sino como un vector profético vivo: una crítica permanente a toda estructura de desigualdad y exclusión que pretenda presentarse como inevitable.
Aunque las regulaciones civiles y catastrales del ordenamiento jubilar hebreo carecen de aplicación jurídica directa en la Iglesia contemporánea, sus premisas morales y teológicas conservan una vigencia incómoda, exigente y profundamente crítica. El texto bíblico no se disuelve en el pasado; interpela las estructuras económicas y sociales del presente.[30]
En primer término, el Jubileo confronta de manera directa la noción secular de que la propiedad privada constituye un derecho absoluto e inmune a toda responsabilidad social. Al ratificar el principio soberano de «la tierra es mía» (Levítico 25:23), el diseño divino redefine la posesión humana bajo la categoría ética de la mayordomía subordinada. Esto instituye una disciplina de templanza económica: el cristiano se ve impelido a desmitificar el imperativo del crecimiento ilimitado y la acumulación indefinida, comprendiendo sus recursos como un usufructo temporal sujeto a la hipoteca social de los bienes, orientada al bien común y a la dignificación del prójimo.[31]
En segundo lugar, el orden jubilar actúa como una denuncia profética contra toda vulnerabilidad estructural que tienda a perpetuar la miseria de forma hereditaria. Las cláusulas de manumisión forzosa y el retorno irrenunciable de las heredades familiares cuestionan de raíz aquellos engranajes financieros o mercantiles que confinan a sectores enteros de la población a ciclos crónicos de endeudamiento, despojo y exclusión. Para la praxis cristiana contemporánea, esta exigencia moral se traduce en un compromiso activo contra las formas sofisticadas de usura moderna que esclavizan el trabajo humano bajo el peso de pasivos impagables, y en una defensa irrestricta del acceso de las familias a los medios materiales básicos para resguardar su dignidad e identidad.[32]
Este mandato ético, sin embargo, exige un discernimiento riguroso. El Jubileo de la Torá no suministra un salvoconducto para la ejecución de expropiaciones estatales arbitrarias ni valida la edificación de utopías terrenales de cuño colectivista. Su andamiaje era descentralizado y partía de la soberanía de Dios, no de la omnipotencia del Estado. El cumplimiento pleno y definitivo de esta restauración posee un carácter estrictamente escatológico: la reintegración absoluta del orden creado solo se consumará con la manifestación final de Jesucristo (Romanos 8:19-23). En el lapso de esa espera, la comunidad de fe no está llamada a imponer sistemas políticos mediante el poder civil, sino a configurarse ella misma como el anticipo visible de ese Jubileo eterno, ensayando en su seno —a través de la generosidad radical, el amparo mutuo y la equidad interna— la realidad del Reino que anuncia al mundo.[33]
El Jubileo permanece en el registro bíblico como uno de los testimonios más radicales de la asimetría entre el diseño del Creador y la inclinación crónica de las estructuras humanas. Concebido como un dispositivo de emancipación y restauración periódica, aquel reset divino buscaba blindar la célula familiar, erosionar los cimientos de la codicia y recordar de manera constante que el suelo, el tiempo y la vida misma son patrimonio exclusivo de Dios. Sin embargo, la crónica histórica de Israel prefirió el despojo y la ingeniería contractual; el shofar del año cincuenta fue sepultado por el cálculo mercantil. El silencio de las colinas de Canaán se convirtió en elocuente testigo de una nación que clausuró sus oídos al decreto del Sinaí.
Esta quiebra institucional no constituye un mero vestigio de la antigüedad; opera como el espejo donde el presente se examina. El fracaso de la teocracia hebrea evidencia con crudeza la futilidad de los códigos más justos cuando pretenden aplicarse sobre corazones que no han sido regenerados. El ser humano posee una alarmante capacidad para transformar los instrumentos de liberación en nuevas y sofisticadas tecnologías de opresión.[34]
No obstante, el relato de la gracia no capitula ante el fracaso histórico. En la economía divina, el Jubileo dejó de ser una legislación pendiente en los rollos de la Torá para convertirse en una Persona. Al asumir el cumplimiento del año agradable del Señor, Jesucristo desarticuló las categorías del derecho antiguo: en Su sacrificio se liquidó la insolvencia ontológica del pecado, se disolvió la servidumbre definitiva y se inauguró el retorno de los desterrados a la comunión con el Padre.[35]
En el interregno actual, la Iglesia no está llamada a replicar de forma anacrónica las leyes agrarias de un estado teocrático extinto, sino a constituirse en la vanguardia visible de esa restauración. Lo hace cuando encarna comunidades vertebradas por la generosidad radical, cuando denuncia las formas contemporáneas de usura y exclusión, y cuando asume su identidad de extranjera y peregrina en un mundo obsesionado con la acumulación perpetua.[36]
La historia permanece suspendida. El verdadero Año Jubilar aún no ha irrumpido en su dimensión cósmica y definitiva, pero la certidumbre de su llegada sostiene la paciencia de los desposeídos. En su venida final, el Rey ejecutará el reordenamiento definitivo de la creación entera. Ese día, los latifundios de la injusticia serán disueltos, las cadenas financieras caerán rotas en el polvo y la tierra misma volverá a casa. El gran shofar de Dios aún no ha sonado por última vez, pero su eco ya resuena con fuerza en aquellos que tienen oídos para oír.
1. Wright, Christopher J. H. Old Testament Ethics for the People of God. InterVarsity Press, 2004. https://www.ivpress.com/old-testament-ethics-for-the-people-of-god
2. Levítico 25:1 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Levitico+25%3A1&version=RVR1960
3. Milgrom, Jacob. Leviticus 23–27: A New Translation with Introduction and Commentary. Anchor Bible, 2001.
4. Brueggemann, Walter. The Land: Place as Gift, Promise, and Challenge in Biblical Faith. Fortress Press, 2002.
5. Levítico 25:23 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Levitico+25%3A23&version=RVR1960
6. Hartley, John E. Leviticus. Word Biblical Commentary, 1992.
7. Josué 18:8-10 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Josue+18%3A8-10&version=RVR1960
8. Wenham, Gordon J. The Book of Leviticus. Wm. B. Eerdmans Publishing, 1979.
9. Levítico 25:8-10 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Levitico+25%3A8-10&version=RVR1960
10. Lemche, Niels Peter. “The Manumission of Slaves in the Old Testament”. Scandinavian Journal of the Old Testament, 1995.
11. Westbrook, Raymond. A History of Ancient Near Eastern Law. Brill, 2003.
12. Bright, John. A History of Israel. Westminster John Knox Press, 2000.
13. De Vaux, Roland. Ancient Israel: Its Life and Institutions. Wm. B. Eerdmans Publishing, 1997.
14. Sloan, Robert B. The Favorable Year of the Lord: A Study of Jubilary Theology in the Gospel of Luke. Scholars Press, 1977.
15. Baldovin, John F. “The Jubilee in the History of the Church”. En The Great Jubilee, 2025.
16. Francisco. Bula Misericordiae Vultus (2015). https://www.vatican.va/content/francesco/en/bulls/documents/papa-francesco_bolla_20150411_misericordiae-vultus.html
17. Wright, Christopher J. H. Old Testament Ethics for the People of God. InterVarsity Press, 2004.
18. Wright, Christopher J. H. Old Testament Ethics for the People of God, p. 149.
19. Calvino, Juan. Comentario a los Cuatro Últimos Libros de Moisés.
20. Levítico 25:10 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Levitico+25%3A10&version=RVR1960
21. Hechos 2:44-45 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Hechos+2%3A44-45&version=RVR1960
22. Hechos 4:32-35 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Hechos+4%3A32-35&version=RVR1960
23. Romanos 8:19-23 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Romanos+8%3A19-23&version=RVR1960
24. Miqueas 2:2 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Miqueas+2%3A2&version=RVR1960
25. Amós 8:4-6 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Amos+8%3A4-6&version=RVR1960
26. Isaías 10:1-2 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Isaias+10%3A1-2&version=RVR1960
27. Jueces 21:25 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Jueces+21%3A25&version=RVR1960
28. 2 Crónicas 36:21 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=2+Cronicas+36%3A21&version=RVR1960
29. Lucas 4:18-19 (Reina-Valera 1960). https://www.biblegateway.com/passage/?search=Lucas+4%3A18-19&version=RVR1960
30. Wright, Christopher J. H. Old Testament Ethics for the People of God. InterVarsity Press, 2004.
31. Brueggemann, Walter. The Land: Place as Gift, Promise, and Challenge in Biblical Faith. Fortress Press, 2002.
32. Milgrom, Jacob. Leviticus 23–27. Anchor Bible, 2001.
33. Sloan, Robert B. The Favorable Year of the Lord. Scholars Press, 1977.
34. Brueggemann, Walter. The Land. Fortress Press, 2002.
35. Sloan, Robert B. The Favorable Year of the Lord. Scholars Press, 1977.
36. Wright, Christopher J. H. Old Testament Ethics for the People of God. InterVarsity Press, 2004.
El shofar (en hebreo: שופר) es un instrumento de viento que produce un sonido similar al del trombón. En la antigüedad, su toque en el Día de la Expiación funcionaba como el decreto audible que inauguraba oficialmente el Año del Jubileo. Al escucharse este eco por toda la tierra, se activaba una transformación absoluta: se proclamaba la libertad de los esclavos, el descanso obligatorio de los campos y la restitución de las propiedades a sus dueños originales. Un sonido de justicia, redención y nuevo comienzo.