La mentira blanca —esa pequeña falsedad que decimos para no herir o mantener la paz— suele considerarse inocua. Sin embargo, a su lado hemos construido la Gran Evasión: una cultura donde millones prefieren refugiarse en series interminables, literatura fantástica y universos ficticios antes que enfrentar una realidad cada vez más dolorosa.
Este artículo explora, desde cinco perspectivas, cómo una pequeña mentira piadosa se ha transformado en una huida masiva que nos consuela… y nos debilita.
En la vida diaria todos mentimos. Decimos “qué rico está” frente a una comida que no nos gusta, “estás genial” a una amiga que claramente no lo está, o “no te preocupes, todo va a estar bien” cuando no estamos seguros. Estas son las llamadas mentiras blancas o mentiras piadosas: falsedades pequeñas, prosociales y bienintencionadas cuyo objetivo no es obtener un beneficio propio a costa de otro, sino proteger sentimientos, evitar conflictos innecesarios o preservar la armonía relacional.
Ejemplos famosos ilustran esta ambigüedad: Bill Clinton pronunció la célebre frase “I did not have sexual relations with that woman” (no tuve relaciones sexuales con esa mujer) ante el mundo, una declaración que muchos interpretaron inicialmente como una mentira blanca destinada a proteger su imagen y su familia, aunque terminó revelando consecuencias mayores. Del mismo modo, el mito del joven George Washington confesando “I cannot tell a lie” (no puedo decir una mentira) tras cortar el cerezo —una historia inventada por su biógrafo para enseñar honestidad— funciona como una “mentira piadosa” histórica que ha moldeado la percepción pública del primer presidente estadounidense. En el día a día, celebridades como Kylie Jenner admitieron haber mentido sobre procedimientos estéticos “para no influir mal en los jóvenes”, un clásico ejemplo de falsedad suavizada por motivos protectores.
A diferencia de la mentira típica —egoísta, maliciosa o patológica, que todos reconocemos como reprobable porque daña la confianza y manipula—, la mentira blanca suele considerarse legítima, incluso necesaria en dosis controladas.
Sin embargo, paralelamente a esa lógica cotidiana, la mentira blanca ha dado lugar a algo más complejo y de mayor escala: una inmersión masiva en mundos de fantasía. La literatura fantástica, las series y películas de universos inventados, los videojuegos, las redes sociales llenas de filtros y narrativas idealizadas, e incluso formas de arte contemporáneo, ofrecen escapatorias cada vez más sofisticadas. La gente no solo consume estas ficciones: se sumerge en ellas durante horas, a veces días, evadiéndose de una realidad que duele —económica, emocional, existencial o social—.
¿Dónde termina la mentira blanca legítima como lubricante social y empieza una evasión colectiva que nos aleja peligrosamente de la confrontación con lo real? Este artículo explora esa tensión desde cinco perspectivas clave: psicológica, social, legal, histórica y religiosa. Analizaremos cómo la mentira blanca, en principio inofensiva y empática, convive hoy con (y en algunos casos alimenta) una cultura de fantasía que, aunque reconfortante, arriesga dejarnos desconectados de la verdad que tanto necesitamos para crecer como individuos y como sociedad.
A lo largo de las siguientes secciones examinaremos los beneficios y límites de la mentira blanca en cada ámbito, y cómo su lógica se extiende hacia la ficción masiva como mecanismo de evasión. Al final, integraremos las visiones para reflexionar sobre el delicado equilibrio entre empatía, verdad y realidad en nuestro tiempo.
Desde la psicología, la mentira blanca (o mentira prosocial) surge como un mecanismo adaptativo estrechamente vinculado a la empatía y al desarrollo de la inteligencia emocional. Como han demostrado Victoria Talwar y Kang Lee en su estudio clásico utilizando un paradigma de “regalo indeseado”, los niños comienzan a decir mentiras blancas por cortesía entre los 3 y 7 años de edad. En ese rango etario, los pequeños ya comprenden que la verdad cruda puede generar sufrimiento innecesario y optan por una pequeña falsedad para proteger los sentimientos del otro. Talwar y Lee observaron que esta conducta aumenta significativamente con la edad, especialmente cuando los padres o el entorno social “enseñan” implícitamente la mentira blanca al elogiar dibujos imperfectos o al pedirle al niño que diga “gracias” aunque no le guste un regalo.
Talwar y Crossman, en su revisión sobre la evolución de la honestidad y el engaño, explican que la mentira blanca pasa de ser un comportamiento reactivo y simple en la niñez temprana a una estrategia más refinada y contextualizada en la adultez. Con el desarrollo de la teoría de la mente y el control ejecutivo, los niños dejan de mentir solo por cortesía inmediata y comienzan a evaluar el costo-beneficio social y emocional. En la adultez, esta evolución se consolida: la mentira blanca se convierte en una herramienta sofisticada de navegación social, motivada principalmente por la compasión.
Matthew J. Lupoli, Lily Jampol y Christopher Oveis demostraron experimentalmente que “la compasión aumenta causalmente las mentiras prosociales”. Cuanto mayor es el sentimiento de compasión hacia la otra persona, más probable es que un adulto recurra a una mentira blanca para evitarle dolor emocional. Emma E. Levine, en su revisión sobre las causas y consecuencias de las mentiras prosociales, refuerza esta idea: las mentiras blancas suelen motivarse por el deseo de proteger a los demás del daño emocional, especialmente cuando la persona que recibe la mentira se encuentra en una situación de fragilidad emocional.
Beneficios en la adultez: Como señala Levine, estas mentiras actúan como un lubricante emocional que reduce el estrés inmediato en las interacciones, preserva la motivación y fortalece los vínculos a corto plazo. Decir “estás genial” a un amigo deprimido o “me encantó tu presentación” puede proteger la autoestima ajena y mantener la cohesión relacional.
Riesgos y límites en la adultez: Sin embargo, Levine también advierte que, fuera de contextos donde la honestidad causaría un daño innecesario, las mentiras prosociales suelen percibirse como paternalistas y pueden erosionar la confianza basada en la integridad. Cuando se acumulan, generan disonancia cognitiva en quien las dice y reducen la sensación de conexión auténtica a largo plazo. Talwar y Crossman agregan que, aunque la mentira blanca es normativa en el desarrollo, su uso excesivo en la adultez puede interferir con el procesamiento emocional maduro.
Además, la misma lógica psicológica que justifica la mentira blanca puntual —evitar dolor emocional inmediato— ha dado lugar, a su lado, a formas más complejas y masivas de evasión: la inmersión prolongada en mundos de fantasía (series, literatura fantástica, videojuegos o redes idealizadas). Estas narrativas ofrecen un refugio donde la realidad dolorosa se suspende temporalmente, proporcionando un alivio similar al de una mentira piadosa, pero a escala mucho mayor y con menor costo inmediato. El riesgo, según la perspectiva psicológica, es que esta evasión crónica impida el procesamiento emocional necesario para el crecimiento personal, convirtiendo la fantasía en una forma sofisticada de evadir la confrontación con uno mismo y con el mundo real.
En síntesis, la psicología valida la mentira blanca como una herramienta empática y adaptativa que se socializa desde la infancia y se refina en la adultez, pero advierte —como concluyen Levine y Talwar y Crossman— que su extensión hacia la fantasía colectiva puede convertirse en un mecanismo de evitación que, aunque reconfortante, debilita la resiliencia emocional y la conexión auténtica con la realidad.
Desde la perspectiva social, la mentira blanca funciona como un elemento clave del tejido relacional y de la convivencia cotidiana. Rafael A. Barrio y su equipo internacional mostraron que las mentiras prosociales (o blancas) ofrecen diversidad de opiniones al colectivo y ayudan a mantener relaciones sociales amplias. Barrio explica que estas mentiras contribuyen a equilibrar las redes sociales, ya que las personas mienten para preservar el tejido virtual y real de las interacciones humanas, evitando rupturas innecesarias y fomentando la cohesión grupal.
Sanjiv Erat y Uri Gneezy, en su trabajo experimental sobre white lies, distinguen entre diferentes tipos de mentiras blancas y demuestran que muchas de ellas benefician tanto al que las dice como al receptor, o al menos minimizan el daño. Erat y Gneezy observaron que las personas están dispuestas a recurrir a estas mentiras en contextos de cortesía y cooperación, porque facilitan la interacción diaria y reducen conflictos que podrían fragmentar el grupo.
En sociedades colectivistas, como muchas culturas latinoamericanas, la mentira blanca se valora especialmente como herramienta de armonía. Decir “todo está bien” en una reunión familiar o “me encantó tu idea” en el trabajo, aunque no sea del todo cierto, actúa como pegamento social que permite la continuidad de las relaciones y la colaboración.
Beneficios sociales: Como señalan Barrio y sus colaboradores, estas pequeñas falsedades mantienen redes más amplias y diversas, favoreciendo la cooperación y evitando el aislamiento. Erat y Gneezy agregan que las mentiras blancas pareto (que benefician a ambas partes) son particularmente efectivas para sostener interacciones fluidas.
Riesgos y límites sociales: Sin embargo, cuando la mentira blanca se vuelve sistemática, puede crear una cultura de hipocresía superficial que impide resolver conflictos reales y profundizar en las relaciones. Además, la misma lógica de preservar la armonía a través de la falsedad suave ha dado lugar, a su lado, a la inmersión colectiva en mundos de fantasía. Series, realities idealizados, literatura escapista y comunidades online de ficción permiten a grupos enteros compartir una realidad alternativa reconfortante, evadiendo juntos las tensiones económicas, políticas o emocionales de la vida cotidiana. El riesgo es que esta evasión compartida diluya la capacidad social de enfrentar problemas comunes, reemplazando el diálogo auténtico por narrativas colectivas de consuelo.
En síntesis, la perspectiva social reconoce la mentira blanca como un lubricante necesario para la convivencia, pero alerta que su escalada hacia la fantasía masiva puede transformar la cohesión en una ilusión compartida que nos aleja de la confrontación real con los desafíos colectivos.
Desde el derecho, la mentira blanca goza de una tolerancia casi absoluta porque, por regla general, carece de los elementos que convierten una falsedad en delito. Como explica Carlos Creus, en su análisis de los delitos contra la fe pública, la simple mentira cotidiana no constituye un ilícito penal, ya que no existe dolo de perjuicio ni afectación a un bien jurídico protegido. Solo cuando la falsedad se materializa en contextos formales —como el falso testimonio, el perjurio o la falsedad ideológica en documentos— adquiere relevancia penal.
Edgardo A. Donna, en su tratado sobre delitos contra la administración pública y la fe pública, refuerza esta distinción: la falsedad ideológica (art. 293 del Código Penal argentino) requiere que se inserte una declaración falsa en un instrumento público concerniente a un hecho que el documento debe probar, de modo que pueda resultar perjuicio. La mentira blanca, al ser inofensiva y no perseguir beneficio propio ni daño ajeno, queda fuera de estas figuras. Del mismo modo, el perjurio exige una declaración bajo juramento en un proceso judicial o administrativo, con intención de engañar a la justicia; una excusa cortés o un cumplido piadoso no alcanza ese umbral.
Andrés J. D’Alessio, en su comentario al Código Penal, sostiene que “la falsedad ideológica radica en insertar o hacer insertar en un instrumento público declaraciones falsas, concernientes a un hecho que el documento deba probar, de modo que pueda resultar perjuicio”. Hacer insertar significa lograr que se incluyan manifestaciones que no revelan la verdad pasada, dando como ocurrido lo que no sucedió. La doctrina penal argentina coincide en que la ley no pretende punir como falsedad ideológica cualquier mentira introducida en un documento, sino solamente aquellas que recaen sobre el hecho que el instrumento mismo prueba y que pueden generar un perjuicio concreto.
Beneficios desde lo legal: Esta tolerancia protege la privacidad, la cortesía y la libertad de expresión en el ámbito informal. No obliga a las personas a decir toda la verdad en conversaciones cotidianas, lo que facilita la convivencia sin intervención estatal constante. Como señalan Creus y Donna, el derecho penal argentino se limita a tutelar bienes jurídicos concretos, dejando las mentiras sociales fuera de su ámbito de intervención.
Riesgos y límites legales: Sin embargo, esta misma permisividad ante la falsedad suave ha dado lugar, a su lado, a un terreno fértil para la ficción creativa y la inmersión en mundos inventados. La literatura, las series, el cine y el arte fantástico gozan de protección constitucional como expresiones artísticas (libertad de expresión y creación), incluso cuando presentan realidades completamente falsas. El derecho no sanciona la “mentira” artística porque no hay perjuicio concreto ni dolo de engaño jurídico; al contrario, la reconoce como valor cultural. El riesgo radica en que esta protección amplía la frontera entre la mentira blanca legítima y una evasión colectiva masiva: cuando millones se refugian en universos ficticios para no enfrentar la realidad, la ley nada puede (ni debe) hacer, pero la sociedad enfrenta una desconexión creciente que escapa al control jurídico.
En síntesis, la perspectiva legal argentina valida la mentira blanca como conducta irrelevante penalmente por falta de perjuicio, pero ilustra cómo su lógica se extiende hacia la ficción protegida, generando un espacio amplio donde la evasión de la realidad se vuelve culturalmente aceptada y jurídicamente intocable.
Desde la perspectiva histórica, la mentira blanca no es un fenómeno moderno, sino una práctica tan antigua como la convivencia humana. Platón, en La República, defendió explícitamente la “mentira noble” (gennaion pseudos) como un instrumento legítimo que los gobernantes podían utilizar para el bien común y para mantener el orden social. Para Platón, no toda falsedad es reprobable: cuando se dice con el propósito de beneficiar a la comunidad o de evitar males mayores, la mentira adquiere un carácter noble y útil.
En la Europa medieval, la Iglesia ya distinguía entre distintos tipos de mentira. El término “white lie” (mentira blanca) aparece documentado desde el siglo XIV en Inglaterra, donde el color blanco simbolizaba pureza e inocencia, en oposición a la “mentira negra” maliciosa. Los teólogos medievales, influenciados por la tradición agustiniana pero también por la necesidad práctica de la convivencia, admitían matices: una falsedad dicha para preservar la paz o evitar vergüenza ajena era vista con mayor indulgencia que la mentira dolosa.
Con la llegada de la modernidad y la expansión de la imprenta, la ficción literaria comenzó a ocupar un lugar cada vez más central. Lo que antes era una mentira puntual de cortesía empezó a dar lugar, a su lado, a la creación de mundos enteros inventados. Desde las novelas de caballería hasta el romanticismo y la explosión del género fantástico en el siglo XX, la literatura ofreció escapatorias colectivas cada vez más elaboradas.
J.R.R. Tolkien, en su ensayo Sobre los cuentos de hadas (On Fairy-Stories), defendió con fuerza este tipo de escapismo. Según Tolkien, no se debe confundir la huida del prisionero (que busca libertad y una perspectiva nueva para comprender mejor su propia realidad) con la deserción del desertor (que simplemente abandona el campo de batalla). Para él, la buena fantasía no es mera anestesia, sino que ofrece Recovery (recuperación de una visión clara del mundo), Escape legítimo y, sobre todo, Consolation (consolación), especialmente a través del “final feliz” que devuelve esperanza.
En contraste, gran parte de la ficción actual parece inclinarse más hacia lo anestésico que hacia lo catártico: en lugar de ayudarnos a procesar emociones y regresar fortalecidos a la realidad (como pretendía la catarsis aristotélica o la consolación tolkieniana), muchas series y sagas fantásticas actúan como un refugio prolongado que suspende indefinidamente el enfrentamiento con lo real.
En el siglo XXI esta tendencia se ha acelerado de manera exponencial con la televisión, las series de streaming y las plataformas digitales. La inmersión en universos ficticios (desde El Señor de los Anillos hasta las sagas actuales de fantasía épica) representa una evolución histórica natural de la mentira blanca: ya no se trata de una pequeña falsedad dicha cara a cara, sino de una experiencia compartida y prolongada que permite a millones de personas evadirse simultáneamente de una realidad que, en muchos aspectos, resulta dolorosa.
Beneficios históricos: Como señaló Platón, la mentira bienintencionada puede servir al bien mayor. A lo largo de los siglos, ha facilitado la cohesión social y ha permitido que las sociedades enfrenten crisis sin desintegrarse por la crudeza de la verdad.
Riesgos y límites históricos: Sin embargo, cuando la evasión a través de la ficción se vuelve masiva y crónica, corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de deserción colectiva de la realidad. La historia nos muestra que las sociedades que se refugian excesivamente en mitos o narrativas reconfortantes suelen retrasar la confrontación con problemas estructurales, lo que a la larga puede agravarlos.
En síntesis, la perspectiva histórica revela que la mentira blanca ha acompañado siempre a la humanidad, pero en nuestra época ha dado lugar, a su lado, a una cultura de fantasía masiva que amplifica tanto sus beneficios como sus peligros: nos protege del dolor inmediato, pero puede alejarnos de la madurez necesaria para transformar la realidad que tanto nos duele.
Desde la perspectiva religiosa, la tensión entre la mentira blanca y la exigencia de verdad es especialmente profunda. Las tradiciones abrahámicas afirman con claridad el valor sagrado de la verdad, pero también reconocen matices cuando está en juego la caridad o la paz.
San Agustín, en sus tratados De la mentira y Contra la mentira, sostiene una posición estricta: toda mentira es pecado, porque atenta contra la imagen de Dios que es la verdad misma. Agustín argumenta que no se puede combatir el mal con el mal, ni corregir una mentira con otra, pues la mentira siempre corrompe el alma del que la dice. Sin embargo, reconoce la dificultad práctica de esta postura en la vida cotidiana.
Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (II-II, q. 110), sigue a Agustín pero introduce mayor sutileza. Define la mentira como “decir algo falso con intención de engañar” y la considera intrínsecamente mala, pero distingue grados según la intención y el daño causado. Para Tomás, una falsedad dicha por broma o por cortesía (lo que hoy llamaríamos mentira blanca) es una falta leve, mientras que la mentira que daña gravemente al prójimo es mucho más grave.
En la tradición judía, el Talmud permite explícitamente ciertas mentiras por shalom (paz). En Yebamot 65b se enseña que una persona puede modificar la verdad para mantener la paz familiar o evitar vergüenza ajena. El judaísmo valora fuertemente la verdad, pero prioriza la armonía y la dignidad humana cuando entran en conflicto.
En el cristianismo actual, y no sin discusión, la teología moral contemporánea tiende a matizar la rigidez agustiniana: se distingue entre la “mentira formal” (con intención dolosa de engañar) y la “transmisión atenuada de la verdad” por motivos de caridad. Ejemplos bíblicos como las parteras egipcias que mienten para salvar a los niños hebreos (Éxodo 1) o Rahab escondiendo a los espías (Josué 2) se interpretan como casos donde la caridad prima sobre la veracidad literal.
Beneficios desde lo religioso: La mentira blanca, cuando es realmente piadosa, puede ser expresión de caridad y misericordia. Permite proteger la dignidad del otro y preservar la paz, valores centrales en todas las tradiciones religiosas.
Riesgos y límites religiosos: Sin embargo, cuando esta lógica se extiende sin control, puede derivar en una tolerancia excesiva hacia la falsedad que erosiona la búsqueda de la verdad divina. Además, la misma dinámica de suavizar la realidad dolorosa ha dado lugar, a su lado, a la inmersión masiva en mundos de fantasía. La ficción religiosa (parábolas, relatos míticos, literatura devocional) y, hoy, las narrativas fantásticas seculares ofrecen un escape espiritual o emocional que, aunque reconfortante, puede convertirse en una forma de idolatría de lo irreal o en una huida de la confrontación madura con la verdad de la condición humana y el llamado a transformarla.
En síntesis, la perspectiva religiosa valida (en hecho, pero no en el discurso) la mentira blanca cuando está al servicio de la caridad y la paz, pero advierte —como lo hicieron Agustín y Tomás de Aquino— que toda falsedad, incluso la más piadosa, debe ser excepcional. Su escalada hacia la cultura actual de fantasía masiva representa un desafío espiritual: ¿hasta dónde el refugio en lo inventado nos aleja de la verdad que, según las religiones, nos hace libres?
7. Síntesis y Reflexión Ética
Las cinco perspectivas analizadas revelan una tensión profunda y persistente en torno a la mentira blanca. La psicología (Talwar y Lee, Lupoli, Jampol y Oveis, Levine) la presenta como un mecanismo adaptativo de empatía que se enseña desde la infancia y se refina en la adultez. La perspectiva social (Barrio y Erat & Gneezy) la valora como lubricante necesario para la cohesión y la cooperación grupal. El derecho argentino (Creus, Donna y D’Alessio) la tolera casi por completo al constatar la ausencia de perjuicio y dolo. La historia (Platón) la reconoce como “mentira noble” útil para el bien común, y la religión (Agustín, Tomás de Aquino y el Talmud) la acepta con matices cuando está al servicio de la caridad y la paz.
Sin embargo, todas coinciden en señalar límites. Cuando la mentira blanca deja de ser puntual y se vuelve sistemática o se escala, genera disonancia cognitiva, erosiona la autenticidad, crea hipocresía social, escapa al control jurídico y puede atentar contra la búsqueda de la verdad divina.
El núcleo de la tesis de este artículo aparece precisamente aquí: la mentira blanca, en principio legítima y prosocial, ha dado lugar, a su lado, a algo mucho más complejo y de mayor escala: la inmersión masiva y prolongada en mundos de fantasía. Lo que comenzó como un cumplido piadoso o una excusa cortés se ha expandido hacia series, literatura fantástica, videojuegos, realities idealizados y comunidades online donde millones de personas comparten diariamente realidades inventadas. Estas narrativas ofrecen el mismo alivio emocional que una mentira blanca —evitar el dolor inmediato de la realidad económica, emocional, existencial o social—, pero a una escala colectiva y con una intensidad nunca antes vista.
Desde el utilitarismo ético, esta evasión puede justificarse si maximiza el bienestar general y reduce el sufrimiento innecesario. Desde la ética deontológica (Kant, Agustín), toda falsedad sistemática, aunque sea “blanca”, termina debilitando la integridad personal y social. La pregunta ética central que surge es: ¿dónde termina la herramienta legítima de empatía y comienza una patología colectiva de desconexión?
En la era digital y de la inteligencia artificial, este riesgo se amplifica. Las plataformas algorítmicas ofrecen cada vez más contenido personalizado de fantasía que mantiene al usuario en un estado permanente de evasión placentera. El peligro no es solo individual (pérdida de resiliencia emocional), sino societal: una ciudadanía que se refugia masivamente en lo ficticio puede volverse menos capaz de enfrentar y transformar los problemas reales que la aquejan.
La madurez ética que proponemos no consiste en eliminar radicalmente la mentira blanca —pues sería ilusorio y cruel—, sino en usarla con conciencia y mesura, reservándola para aquellos momentos en que la verdad cruda causaría un daño desproporcionado. Paralelamente, debemos cultivar la capacidad de regresar una y otra vez a la realidad, aunque duela, porque solo desde allí es posible el crecimiento personal y el cambio social genuino.
8. Conclusión
La mentira blanca, esa pequeña falsedad prosocial que todos utilizamos para proteger sentimientos y mantener la armonía, no es intrínsecamente mala. Como hemos visto a lo largo de este análisis multidisciplinario, cuenta con respaldo psicológico como mecanismo de empatía, social como lubricante de la convivencia, legal por ausencia de perjuicio, histórico como herramienta antigua de estabilidad y religioso cuando está al servicio de la caridad y la paz.
Sin embargo, ha dado lugar a algo más complejo y de mayor escala: una inmersión masiva y cotidiana en mundos de fantasía.
Existe además otro aspecto incómodo: cuando somos nosotros los receptores de esas mentiras blancas, la experiencia suele generar una profunda sensación de ofensa e insulto. Ser tratado con una falsedad “piadosa” —ya sea por un ser querido o, peor aún, de forma paternalista por parte de gobiernos e instituciones que nos ocultan verdades incómodas “por nuestro bien”— despierta la humillante sensación de que nos consideran demasiado frágiles o incapaces de enfrentar la realidad. Esa mentira supuestamente protectora termina siendo percibida como un acto de desprecio a nuestra dignidad y madurez.
En última instancia, la cultura actual de evasión masiva a través de la fantasía no es más que la respuesta colectiva a una realidad que, entre mentiras blancas individuales y mentiras institucionales sistemáticas, se ha vuelto insoportable de mirar de frente.
La verdadera bomba moral de nuestro tiempo es esta: una sociedad que acepta vivir anestesiada entre mentiras piadosas y mundos ficticios no solo evade el dolor, sino que renuncia progresivamente a su condición de adulta. Porque solo quien se atreve a sostener la verdad —por dura que sea— conserva la posibilidad real de transformarla. El resto simplemente aprende a vivir dormido.
Fuentes de la sección 1 – Introducción
Clinton, Bill (26 de enero de 1998). “Response to the Lewinsky Allegations”. Discurso en la Casa Blanca. https://millercenter.org/the-presidency/presidential-speeches/january-26-1998-response-lewinsky-allegations
Weems, Mason Locke (1806). The Life of Washington the Great. (Origen del mito del cerezo). https://www.mountvernon.org/library/digitalhistory/digital-encyclopedia/article/cherry-tree-myth
Jenner, Kylie (2016). Declaraciones sobre sus fillers labiales y la mentira pública. Entrevista en Vogue Australia. https://www.vogue.com.au/beauty/news/kylie-jenner-on-why-she-lied-about-getting-her-lips-done-and-going-too-far/news-story/70b0dd99328df59886097b38d26b967c
Fuentes de la sección 2 – Perspectiva Psicológica
Talwar, V., Murphy, S. M., & Lee, K. (2007). White lie-telling in children for politeness purposes. International Journal of Behavioral Development. https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0165025406073530
Talwar, V., & Crossman, A. (2011). From little white lies to filthy liars: The evolution of honesty and deception in young children. Advances in Child Development and Behavior, 40, 139-179.
Lupoli, M. J., Jampol, L., & Oveis, C. (2017). Lying Because We Care: Compassion Increases Prosocial Lying. Journal of Experimental Psychology: General. https://escholarship.org/uc/item/9102p76d
Levine, E. E., & Lupoli, M. J. (2022). Prosocial lies: Causes and consequences. Current Opinion in Psychology, 43, 335-340. https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S2352250X21001391
Fuentes de la sección 3 – Perspectiva Social
Barrio, R. A. et al. (2014). Las mentiras “blancas” o “pro-sociales” equilibran las redes sociales. Boletín DGCS UNAM. https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2014_636.html
Barrio, R. A., Íñiguez, G., Kaski, K., Govezensky, T., & Dunbar, R. (2014). Effects of Deception in Social Networks. Proceedings of the Royal Society B. https://royalsocietypublishing.org/doi/full/10.1098/rspb.2014.1195
Erat, S., & Gneezy, U. (2012). White Lies. Management Science. https://pubsonline.informs.org/doi/10.1287/mnsc.1110.1449
Fuentes de la sección 4 – Perspectiva Legal
Creus, Carlos. Derecho Penal. Parte Especial. Astrea, Buenos Aires.
Donna, Edgardo A. Derecho Penal. Parte Especial. Rubinzal-Culzoni Editores.
D’Alessio, Andrés J. (director). Código Penal Comentado y Anotado. La Ley.
Fuentes de la sección 5 – Perspectiva Histórica
Platón. La República (Libro II y III – sobre la mentira noble). https://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.01.0168%3Abook%3D2%3Asection%3D382a
Oxford English Dictionary. Entrada “white lie”. https://www.oed.com/view/Entry/228057
Tolkien, J.R.R. “On Fairy-Stories” (1939/1947). En Tree and Leaf. https://coolcalvary.com/wp-content/uploads/2018/10/on-fairy-stories1.pdf (Versión en español disponible en ediciones de Minotauro o búsquedas académicas).
Zagorin, Perez (1990). Ways of Lying: Dissimulation, Persecution, and Conformity in Early Modern Europe. Harvard University Press.
Fuentes de la sección 6 – Perspectiva Religiosa
San Agustín. Contra la mentira. https://www.augustinus.it/spagnolo/contro_menzogna/contro_menzogna_libro.htm
Santo Tomás de Aquino. Suma Teológica, II-II, cuestión 110 (Sobre la mentira). https://www.newadvent.org/summa/3110.htm
Talmud, tratado Yebamot 65b (permiso de mentir por shalom/paz). https://www.hashavuabogota.com/articulos/711
Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2464-2513, sobre la verdad y la mentira). https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c2a8_sp.html
Fuentes de las secciones 7 y 8 – Síntesis y Reflexión Ética, Conclusión
Síntesis fuentes secciones anteriores.